Querido Errante, El otro día, acompañé al Prefecto en una inspección a la escuela del pueblo. Los niños estab…
Querido Errante,
El otro día, acompañé al Prefecto en una inspección a la escuela del pueblo. Los niños estaban sentados erguidos en sus pupitres, con la nariz metida en los pergaminos, tan absortos que ni siquiera notaron que nos acercábamos.
Curioso por saber qué podía captar su atención de manera tan completa, pregunté. Resulta que estaban leyendo los mismos libros que tú les regalaste no hace mucho.
Indagué más: ¿qué hacía estos libros tan especiales? Los pequeños se pusieron a charlar animadamente, y fue entonces cuando supe que habías elegido un libro diferente para cada niño. Qué consideración.
Cuando escucharon que te conocía, me rogaron que te transmitiera sus agradecimientos.
Pero cuando les pregunté qué querían decir, la timidez se apoderó de ellos y las palabras les fallaron. Así que les sugerí que lo escribieran. Adjunto sus cartas. Y no, ¡no he echado un vistazo!
Ah, también me pidieron que te enviara algunos dibujos. Inspirados, dijeron, por tus libros. Todos coincidieron en que eres la persona más perspicaz que han conocido y que seguramente apreciarías sus obras maestras.
Me parece que, cada vez que hay una tarea que involucra a niños, tú eres la persona a quien llamar.
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