La Feria de los Faroles bullía con un cacofonía de voces, y bastantes gatitos callejeros habían acudido corrie…
La Feria de los Faroles bullía con un cacofonía de voces, y bastantes gatitos callejeros habían acudido corriendo, atraídos por el animado ambiente.
Un pequeño gatito calicó se abrió paso entre el mar de piernas de la gente varias veces, pero al encontrar todo un poco aburrido, se desplomó en el suelo para revolcarse. Como resultado, su cabeza y lomo terminaron cubiertos de pétalos esparcidos que quedaron de la noche anterior.
Al divisarlo entre la Multitud, el Niño se agachó y con suavidad ayudó a quitarle las flores de su pelaje.
A su alrededor, los gongs y tambores rugían mientras las luces y sombras danzaban. Sin embargo, en este pequeño rincón de espacio, reinaba una absoluta tranquilidad. El Niño sostenía las flores recogidas, el Gatito inclinó su cabeza hacia arriba, y por un momento silencioso, dos pares de ojos simplemente se contemplaron el uno al otro.
Entonces, el Niño extendió la mano, seleccionó una pequeña flor rosada y con cuidado la colocó detrás de la oreja peluda del gatito.
"Ahora sí que se ve bonito", susurró suavemente.