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En lo profundo del desierto había un pequeño pueblo, escondido en el valle arenoso donde la luz de la luna era…

En lo profundo del desierto había un pequeño pueblo, escondido en el valle arenoso donde la luz de la luna era más brillante. Allí había un manantial cristalino que reflejaba la luz del cielo, la luna clara y el río estrellado que se extendía por miles de millas. Aún más asombroso, un disco de luz lunar en el agua podía ser capturado con una red especial para atrapar la luna y transformarse en suaves y dulces panecillos de harina blanca. Los panecillos se sentían livianos en la mano pero emitían un calor reconfortante. Tras unos bocados, un sutil y dulce aroma permanecía en la lengua, y el fuego del hambre en el vientre se apagaba al instante. Gracias a estos milagrosos panecillos de luna, los aldeanos vivían una vida sin preocupaciones por comida o vestimenta. Pero este mundo siempre está lleno de almas sufrientes no favorecidas por dioses ni budas. El mar de arena es infinito; la supervivencia misma es una especie de prueba. Años de guerra agotaron aún más las almas de aquellos desesperados por vivir. Cuerpos famélicos yacían por doquier, pilas de huesos blanqueados. Un Niño nacido en este alegre reino no podía soportar ver sufrir de hambre a quienes estaban fuera de la aldea. Tomó todas las redes para atrapar la luna que pudo encontrar y, paso a paso, salió de su tierra bañada en luz pura. Quería compartir El Secreto de los panecillos con los menos afortunados. Después de todo, la luna no era solo la luna de los aldeanos.

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