La Cresta del Céfiro, tan cerca de los cielos, se convirtió en el lugar donde los montañeses depositaron su an…
La Cresta del Céfiro, tan cerca de los cielos, se convirtió en el lugar donde los montañeses depositaron su anhelo de vislumbrar el firmamento.
Y así, los artesanos de las montañas aprovecharon el ingenio de generaciones para construir una ciudad imponente que se alzaba hacia los cielos. En aquellos días, en la cima del pico, el girar de innumerables mecanismos nunca cesaba, y las lámparas en lo alto entre las nubes nunca se apagaban. Cuando las nubes flotaban y las nieblas ascendían, figuras se movían de un lado a otro entre ellas, como si atravesaran los mismos tribunales celestiales. La Cresta del Céfiro realmente hacía honor a su nombre.
Pero cuando la ciudad cayó y las luces se apagaron, el dolor sacudió la tierra. Aquellos que una vez parecieron casi celestiales se convirtieron, en poco tiempo, en refugiados y muertos errantes. Hierbas de pantano crecieron junto a los pozos, y enredaderas silvestres obstruyeron los caminos. El sueño de volar fue arrastrado río abajo.
Cuando la gente habla de ello ahora, nadie lo hace sin tristeza. En tiempos pasados, los montañeses llevaban a sus familias enteras a escalar el pico. Pararse un pie más cerca del cielo les hacía sentir que podían vislumbrar un poco más de la Voluntad Celestial. Pero, ¿mirar hacia los cielos realmente permite entenderla? ¿Tocar los cielos realmente permite alcanzarla? Quizás sea mejor contemplar cada día estas paredes en ruinas, recordar lo que ha pasado y tomar el pasado como lección para lo que viene después. Quizás la Voluntad Celestial se encuentre allí en lugar de arriba.