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Noventa y nueve gatos habían quedado atrapados en el oscuro conducto del Acantilado de los Suspiros, pero solo…

Noventa y nueve gatos habían quedado atrapados en el oscuro conducto del Acantilado de los Suspiros, pero solo a uno se le había aplastado la pata delantera entre dos engranajes de bronce. Los artesanos trabajaron incansablemente para salvarla. Nunca supieron qué pensaba ella al respecto, y ella nunca se molestó en decírselo. En cambio, como los niños curiosos que observaban los talleres, su mente siempre vagaba hacia las nubes. ¿Cómo encajaban la espiga y la mortaja tan perfectamente? ¿Cómo se construyeron esas intrincadas máquinas? El crujido de las ruedas de agua le hacía picar el corazón de asombro. La luna la observó esa noche, la observó mientras extendía una pata regordeta hacia los engranajes giratorios. ¡Crac! La curiosidad mató al gato.

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