"¡Informe! Maestro del Salón, hoy respondieron al llamado trescientos sesenta y dos. ¡Tres menos que ayer!" "¡…
"¡Informe! Maestro del Salón, hoy respondieron al llamado trescientos sesenta y dos. ¡Tres menos que ayer!"
"¡Informe! Maestro del Salón, nos quedan sesenta y dos sacos de granos. ¡Suficiente para dieciséis días más!"
"¡Informe!"
Feng Ruzhi hojea las páginas frente a él y se detiene en otra carta desalentadora. Simplemente asiente; no porque no le importe, sino porque se ha acostumbrado a todo: primero el recuento diario de malas noticias, luego cocinar en un fogón de barro sin arroz ni harina, y finalmente, tragarse lo que el mundo le arroja, tomando la calamidad como rutina.
La gente que vive junto al Río Amarillo parece nacer para resistir. Nacer para doblarse, para que las cuerdas se claven profundamente en los hombros que las cargan. Nacer para mirar hacia la tierra, para que sus espaldas se encorven como grapas clavadas en el dique.
Pero hay cosas con las que nunca aprenden a vivir: Sostener sus propios tazones mientras aún suplican al cielo por lluvia. Saltar al río y esperar que lave su culpa. Mantenerse erguidos, solo para que el mundo les rompa la espalda. Cada acto de resistencia es solo esperar el momento en que dejen de resistir. El momento en que desafíen al cielo y se nieguen a arrodillarse.
"¡Informe! ¡Maestro del Salón! Hay noticias de la Estación Baima. ¡El jefe Feng está regresando!"
"... Entendido."