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El niño contempló la escalinata de mil peldaños envuelta en humo de incienso y una vez más golpeó su frente, y…

El niño contempló la escalinata de mil peldaños envuelta en humo de incienso y una vez más golpeó su frente, ya enrojecida e hinchada, con fuerza contra el suelo. Una gran plaga había azotado su tierra natal; ninguna medicina podía curarla. Había caminado cien millas solo para llegar al templo taoísta más renombrado, para suplicar algo—cualquier cosa—para sus padres y ancianos. Agua de talismanes, elixires, pergaminos de hechizos... cualquier cosa que pudiera salvar a la gente serviría. Avanzando sobre piernas entumecidas desde hacía tiempo, apretando los dientes, se inclinaba con cada paso. Sus lágrimas se habían secado, su sangre había formado costras. Pero no podía detenerse. Sabía que al final de la larga escalinata yacía la esperanza que podía salvar su pueblo, incluso si esa esperanza era una en un millón. Paso a paso, el Sun se hundía en el oeste. Alucinaciones aparecieron ante sus ojos; el zumbido en sus oídos atravesaba su Mente como una Espada afilada, agitando la agonía. Finalmente, el niño colapsó sin fuerzas ante la Puerta de la Montaña. Ante sus ojos, solo quedaba un tenue rayo de Luz Clara. Un joven Acolito del Palacio de la Rueda de Hielo, bostezando, emergió de la Puerta y encontró al niño inconsciente que había venido buscando Medicina. Cuando el niño despertó, yacía en una Sala sencilla y limpia. Recibió un nuevo nombre y conoció el final que no se había atrevido a Contemplar—la plaga había sido Más rápida que las piernas del niño. Su tierra natal ya no existía, su gente se había ido. Ese Día, la Campana del Palacio de la Rueda de Hielo repicó con una pesadez inusual. Los gritos roncos del niño eran como el llanto de un cuervo que llora sangre en el Frio.

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