Xue Chou conoció por primera vez a Wang Shisan en la casa de cambio de billetes en Kaifeng. Había sentido curi…
Xue Chou conoció por primera vez a Wang Shisan en la casa de cambio de billetes en Kaifeng. Había sentido curiosidad. ¿Qué clase de historia se escondía detrás del destello lobuno en los ojos de esta joven? El tendero le contó que la habían recogido de las calles, sin pasado conocido, pero que tenía una mente astuta para los negocios. Intrigado, Xue Chou volvió varias veces más bajo el pretexto del trabajo. En su última visita, le preguntó si se iría con él. Wang Shisan miró hacia atrás, a la humilde casa de cambio. Siempre supo que ese lugar era solo un peldaño; no podía obtener lo que deseaba allí. Y tras Xue Chou se extendía lo desconocido y la posibilidad de todo. Así que se fue con él, adentrándose en los Nueve Caminos Mortales. Reconociendo su perspicacia, Xue Chou la mantuvo cerca, buscando su consejo en muchos asuntos dentro de la secta. No los unía la confianza mutua, sino la fe en el beneficio compartido. Él necesitaba su perspicacia; ella necesitaba la red de información que ofrecía la secta. Quizá no fuera su destino final, pero en ese momento era el lugar correcto. Y cuando dos personas desean algo la una de la otra, su alianza es inquebrantable. Tras consolidarse la secta, Xue Chou abrió un salón público de Fortuna en el Mercado Luz Fantasma, mientras Wang Shisan estableció su propia casa de empeños en el mercado, Once Empeños, que operaba bajo un estricto conjunto de reglas, generando rápidamente revuelo en el jianghu. Wang Shisan se abrió paso entre las intrigas ajenas, tendiendo sus propias trampas a cada paso. Detrás del ascenso de los Nueve Caminos Mortales, ella era la mente más aguda. Pero la paz no duró. Un asesinato ocurrió dentro del salón de Fortuna, obligándolo a cerrar, y Once Empeños pronto sufrió las consecuencias. Wang Shisan vagaba por la Calle Fantasma sin nada que hacer, pero la ociosidad no iba con ella. Así que montó un puesto de ajedrez en el extremo más alejado de la calle. Con su mente tan afilada como siempre, analizaba cada movimiento de sus visitantes—vinieran como hombres o como monstruos, una sola partida de ajedrez bastaba para que ella viera su verdadera naturaleza.