Un pintor se encontró con los restos desgarrados de un antiguo pergamino, cuyas montañas, ciudades y figuras e…
Un pintor se encontró con los restos desgarrados de un antiguo pergamino, cuyas montañas, ciudades y figuras estaban tan finamente plasmadas que parecían casi vivas. Se sumergió en copiarlo y, tras un tiempo, comenzó a notar tenues rastros de tinta apareciendo en el mundo a su alrededor, con voces que murmuraban como actores recitando un guión.
Una noche, bajo la luz titilante de su lámpara de aceite, notó que la tinta húmeda en el borde del pergamino se había extendido más allá del papel y se filtraba en las paredes de su sala. Presa del terror, tomó su pincel, lo mojó y, con mano temblorosa, añadió una sola pincelada en un rincón de lo que ahora consideraba su sala. El mundo se sacudió. Las paredes se arrugaron y despegaron como papel de arroz, y detrás de ellas estaban el propio pergamino y los rodillos de madera de su montura.
Solo entonces comprendió. Él y todo lo que lo rodeaba no eran más que unas pocas gotas de tinta secándose en una vasta pintura invisible. Una voz llegó desde más allá de la imagen, baja y serena: "Esa pincelada... fue innecesaria". Y con eso, el pintor y su sala fueron borrados por completo, dejando atrás solo una pequeña e insignificante mancha de tinta en el antiguo pergamino.