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Los viajeros nocturnos a veces se cruzan con una procesión silenciosa de niñas vestidas de rojo sangre. La van…

Los viajeros nocturnos a veces se cruzan con una procesión silenciosa de niñas vestidas de rojo sangre. La vanguardia de esta macabra tropa parece la más desdichada, extendiendo eternamente su mano temblorosa a los caminantes con un suplicar: "Acompáñame un rato. La oscuridad me asusta." Un vendedor ambulante que regresaba tarde, cegado por una misericordia equivocada, tomó la mano de la niña líder. Al instante, descubrió que su agarre era un grillete de hierro helado, imposible de soltar. Su alma se quebró de terror. Quería huir, pero sus piernas lo traicionaron, obligándolo a marchar al ritmo de la procesión carmesí. Su paso se aceleró, adentrándose en los matorrales más áridos y sin sol. Intentó gritar pidiendo ayuda, pero su garganta estaba sellada como si estuviera llena de tierra de tumba. Con horror creciente, vio cómo su carne se volvía de un azul magullado y sin vida. Miró a las niñas, cuyos ojos eran pozos vacíos, carentes de toda humanidad. Al final, su mente se nubló. Sus huesos se quebraron y retorcieron hasta que ocupó su lugar al final de la fila: otra chica con un vestido rojo, marchando en silencio hacia la penumbra, sus ojos ahora huecos y vacíos. Los ancianos los llaman espíritus de reemplazo, atraídos por el apretón. La mano de la primera niña es un lazo que atrapa almas. Si la tomas, ocupas su vacante, condenado a vagar por la oscuridad para siempre.

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