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Desde que tenía memoria, las montañas lejanas no eran más que manchas de tinta, y los árboles cercanos solo su…

Desde que tenía memoria, las montañas lejanas no eran más que manchas de tinta, y los árboles cercanos solo suaves nubes verdes. Los rostros se ocultaban tras una bruma flotante, sus rasgos escondidos tras la neblina. Sus padres siempre sonreían levemente, asegurándole: "Ser corto de vista no es una enfermedad; no hay de qué preocuparse". Pero tras sus sonrisas, él veía las páginas gastadas de libros médicos, probaba medicinas amargas en innumerables tazones, e incluso atisbaba talismanes que quemaban en secreto a medianoche. No eran tan despreocupados como pretendían. Pero él no se angustiaba. Si el mundo era borroso, simplemente se acercaba más. Al admirar flores, acercaba la nariz a los pétalos; al leer, su frente casi rozaba los caracteres tallados; y al observar personas, anhelaba sobre todo mirarles a los ojos. Tras la misma cortina de neblina, algunos ojos eran opacos como cenizas, mientras otros brillaban como rocío. Una vez, se acercó tanto al rostro de la vecina, estudiando sus ojos con curiosidad sincera, que la asustó hasta hacerla llorar. Al día siguiente, la familia huyó. Él se quedó frente a su patio vacío, invadido por la culpa. Desde ese día, aprendió a contenerse. No importaba cuán cautivador fuera un rostro, se mantenía a distancia. Pero Fang Bai... Fang Bai era la excepción. Aquel día, cuando desenvainó su espada y ahuyentó a todos, recortado contra la luz del día, sus ojos parecían arder más que el sol. Cuánto anhelaba capturarlos en una pintura, pero el camino fuera de la ciudad fue demasiado corto, sus conversaciones muy pocas, y nunca se acercó lo suficiente para ver la luz que habitaba en lo profundo de esos ojos. Tanto esfuerzo, aferrándose a carruajes solo para pasarle una nota, no había sido en vano. Finalmente llegó una carta. Aunque llena de simples relatos de vida rural y triviales aventuras errantes, para alguien que nunca había salido de Chang'an, esas palabras eran auténticas maravillas. Un día, como poseído por un demonio de vagabundeo, Chang'an ya no pudo retenerlo. Empacó palillos, confundiéndolos con pinceles, y vainas de jabón, pensando que eran raciones. Sus padres interceptaron el fardo, deshaciendo con lágrimas el sinsentido que había metido. Lo reemplazaron con lo que realmente necesitaría, y agregaron el abrigo de invierno más grueso y cálido que tenían. En la puerta de la ciudad, miró hacia atrás con confianza radiante y dijo: "¡Madre, padre! ¡Me voy a atrapar el viento!" Sus voces se desvanecieron en la brisa creciente mientras el hogar quedaba atrás, y el vasto mundo abierto lo llamaba, cercano, vivo y esperando. Viajó hasta el corazón del mundo, pero nunca volvió a acercarse a Fang Bai. La única vez que lo hizo, sintió que era un engaño de la mente. La memoria siempre es así, una pintura empapada en agua, su tinta desvaneciéndose. Lo que realmente recordaba era correr por una extensión brumosa, la caja de jade pesada y fría contra su pecho. El viento susurraba en sus oídos, y aunque Fang Bai le daba la espalda, pareció inclinar ligeramente la cabeza, solo un poco, y lanzar una mirada hacia atrás. Quizás una mirada de aliento, o un adiós silencioso. En un instante, su vista se curó. El mundo se volvió nítido y claro como nunca antes. Vio las delicadas venas en cada hoja, el gracioso fluir de las nubes en el cielo, los matices en los rostros de las personas, algunos fruncidos por la preocupación, otros suavizados por la bondad. Incluso la verdad detrás de la partida abrupta de la familia vecina, años atrás, se reveló ante él: el choque del acero, las órdenes gritadas, los sollozos ahogados... Ahora finalmente entendía lo que significaba. Su corazón se alzó como un león erguido contra el viento, impulsado por una determinación inquebrantable para correr, luchar y salvar todas esas cosas que una vez no notó, cegado por su propia vista limitada. No supo cuándo el viento finalmente se calló. Cuando por fin llegó a Chang'an, solo encontró una tumba de silencio y ruinas. Grandes palacios, altos salones, oficinas gubernamentales, humildes moradas, todo reducido a madera astillada, demasiado frágil para guardar una sola historia, un solo recuerdo. El aire estaba cargado de neblina, las montañas lejanas guardaban silencio, y vigas carbonizadas flotaban sin rumbo, enredándose en las aguas turbias. Perdido y abrumado, buscó desesperadamente una imagen del rostro de Fang Bai. Solo había un borrón, una oscuridad más absoluta, más desesperante que la ruina ante él. Se odió por haber nacido con tan corta vista.

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