Hay un viejo dicho: entre todos los oficios bajo el cielo, tres son los más difíciles: empujar barcas, martill…
Hay un viejo dicho: entre todos los oficios bajo el cielo, tres son los más difíciles: empujar barcas, martillar hierro y hacer tofu.
Hu Sanli aún recordaba cómo solía ser, cuando su padre vivía. A media tarde, su padre ya preparaba el tofu del día siguiente. Hacer tofu no era trabajo bruto, sino una labor cuidadosa y meticulosa, de diez pasos de principio a fin. Solo el primer paso requería paciencia: seleccionar montones de soja, eligiendo solo los granos enteros y brillantes. Su padre era un hombre honesto que nunca mezclaba granos malos. Un montón completo pasaba por sus manos, y apenas quedaba media canasta. Incluso así, los granos debían remojarse más de diez horas en agua fría de manantial recolectada al amanecer. Solo después podía detenerse y descansar.
A medianoche, cuando la casa estaba en profundo sueño, Hu Sanli escuchaba a su padre levantarse para moler los granos. El momento no podía fallar, ni siquiera un poco. Si se perdía, el tofu perdería su verdadero sabor. En esos días, moler una sola tina de granos tomaba doce horas completas.
Ahora, a los veinte años, Hu Sanli enderezó su espalda adolorida, respiró hondo y se secó el sudor de la frente. Esta era su segunda tanda de la noche. Su padre podía hacer cuatro antes del amanecer. Él solo lograba dos. ¿En qué le faltaba habilidad comparado con su padre?